jueves, 20 de abril de 2017

Crónica de un sueño de servicio

Llevaba 6 años como animadora y misionera en mi Iglesia, pero siempre sentí que necesitaba algo más, que 5 o 10 días no me eran suficientes, que tenía mucho más para ofrecer en servicio a los demás.

Un 13 de abril de 2013 conocí a dos Animadoras Salesianas que compartieron que habían tomado la decisión de ser voluntarias por parte de VIDES México sur (Voluntariado Internacional de Educación Solidaria de México, A.C.)

Desde que descubrí a VIDES, tarde más de un año en lograr que me permitieran ser voluntaria. Tuve que pasar por muchas cosas desde...

1ro. Convencer a mis padres, porque mi familia externa decía que era una pérdida de tiempo, que eso no era para mi
2do. Hablar con mi sacerdote para que me contactara con la Sor encargada de los voluntarios
3ro. Tomar la decisión, pues ese año tenía que ingresar a la universidad y ya había hecho todo el proceso de inscripción y mi primer examen, pero, aunque lo pase, no me sentía feliz, pues mis papás me habían dicho que si lo pasaba tenía que entrar a la universidad y dejar el voluntariado para un año después.
4to. Supe que no sería feliz si no lo intentaba así que ocupe todas las herramientas que tenía a mi alcance para convencerlos.
Al final vencí todos los obstáculos y logré que aceptaran mi decisión, deje inconcluso mi proceso de admisión a la universidad para poder empezar con la preparación para el voluntariado. Por fin se hacía realidad… sería voluntaria de VIDES México sur en Copainalá, Chiapas.

Jueves 14 de agosto de 2014


Uno de mis más grandes sueños por fin daba inicio. Las maletas ya estaban listas, la primera reacción de mis amigos al verme llegar fue:

“solo llevas dos maletas, si yo me fuera el tiempo que te vas, llevaría mucho más”

Según mis amigos eran poquitas cosas para el tiempo que me iba, pero para mí, era más de lo necesario, porque en mi mente estaba un día regalarles todas esas cosas a las pequeñas que me recibirían como tanto amor.
Llenos de nostalgia me despidieron con un bonito cartel, a las 4pm en la terminal de la CAPU mis amigos más queridos y mi hermana. Mi papá me acompañaría en el viaje pues tenía que llegar primero al D.F. para conocer a los otros voluntarios y para tener otro día de preparación.
Llegamos, mi papá y yo, a la casa provincial de las Hijas de María Auxiliadora, mejor conocidas como Salesianas. Nos recibió muy amablemente la Sor encargada de VIDES, Sor Imelda, nos llevó al cuarto donde pasaría esa noche, mi papá llevaba una de mis maletas porque esa pesaba demasiado, me ayudo a dejar mis cosas y posteriormente paso a hablar con Sor Imelda sobre algunas cosas.
Paso aproximadamente una hora y mi papá, aunque no quería, me dio la bendición y se despidió de mi deseándome lo mejor para mi viaje. Al marcharse mi papá, Sor me presento por fin a mi hermano de voluntariado, Pepe. Durante la tarde tuvimos algunos temas y momentos de oración.
Al caer la noche fui a la cama esperando dormir, pero los recuerdos de lo que dejaba atrás me alcanzaron y me puse triste; recuerdo que le marque a alguien y, con palabras que jamás había pensado que iba a escuchar de su boca, me ayudo a calmarme. Después de colgar me puse a escuchar cantos misioneros los cuales me acompañaron desde mi preparación y solo así logré conciliar el sueño.
Viernes 15 de agosto de 2014

Recibí la mañana con un rico baño caliente, fuimos a misa a el Santuario de María Auxiliadora, que quedaba muy cerca de la casa. Oramos todos juntos, dimos gracias a Dios y le pedimos su bendición para el camino que emprenderíamos, incluso tuvimos un momento hermoso de adoración al Santísimo Sacramento. Algunos amigos de Pepe se encargaron de poner nuestro estomago contento por la tarde en un buffet de comida China; era la primera vez que probaba esa comida y la verdad me encanto, creo que me llene hasta más no poder. Al atardecer, después de un largo camino entre el tráfico, salimos en los autobuses rumbo a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
Sábado 16 de agosto de 2014

Un largo camino de 14 horas, las cuales la mayoría me la pase dormida, finalizo en la terminal con la familia de Sor Imelda esperándonos para llevarnos en la camioneta a cada uno a su comunidad.
Despeinada por el aire, pero feliz con el calor que me recibía, recorrí las calles de Tuxtla y conocí, por fuera, la catedral. Después de más de una hora, Copainalá nos recibe con un enorme arco en el cual se leía:

“BIENVENIDOS A COPAINALÁ 
CUNA DE LOS ZOQUES”

Otra hora más en la carretera y me recibió la que iba a ser mi casa los siguientes meses, tomamos un rico pozol, que ya nos estaba esperando con cariño y me tuve que despedir de mi hermano de voluntariado porque aún le esperaba otra hora de camino para llegar a su comunidad.
Me di un baño con poquita agua y no fue así por gusto, si no, porque ya se había acabado. Después de hacer maravillas con la poca agua que caía, fui a conocer mi nueva casa, las habitaciones, salones, lavandería, cocina, comedores y mi lugar favorito, la azotea.
Quería sentirme cerca de casa, así que prepare mi cama y pegue una foto de mi familia para poderla ver siempre. Ahora solo me quedaba esperar a que comenzaran a llegar las niñas.

Domingo 17 de agosto de 2014

Por la mañana, la casa ya estaba llena de ruido y risas de las niñas preparándose para la rutina de los domingos:

Despertar y arreglarse para hacer oración y desayunar. Después ir a la misa y al regresar jugar, hacer los oficios, recibir catequesis, aprender distintos bailes, y si había tiempo, ver un poco de tele o tal vez una película que era lo que más disfrutaban.



Las Sores siempre me dijeron que una de las cosas buenas que la casa le podía proporcionar a las niñas era estabilidad en las actividades y horarios, puesto que eso se veía reflejado en sus estados de ánimo.

Los días entre semana corrían de la siguiente manera:




Al amanecer levantábamos a las niñas con una oración, las preparábamos para la escuela y las bajábamos al comedor para que pudieran desayunar; terminando lavaban su loza, cepillaban sus dientes y tomaban su mochila para que la encargada de ese día las llevara a la escuela.

Siendo la 1pm, con el calor a su máxima potencia, íbamos por ellas a la escuela, llegaban a la casa a bañarse y las ayudábamos a peinarse. Lavaban su uniforme y bajaban a formarse para pasar al comedor a tomar los alimentos de la tarde.


                     
Después de la comida, siendo alrededor de las 3pm, pasaban a realizar los diferentes oficios (aseo) de la casa, los cuales eran: limpiar el patio, el comedor y la loza, el estudio, el dormitorio, las regaderas, los baños y la lavandería que se encargaban de descolgar lo que se había lavado y ponerlo en el casillero de cada niña y planchar los uniformes. Se hacían equipos los cuales se iban rolando para hacer uno de los oficios cada semana. 

Conforme fueran terminando de sus oficios, pasaban a formarse para poder elegir en orden los juguetes que querían ocupar para su hora de juego, los favoritos siempre eran: la cocina, los patines y las muñecas.


Al terminar de jugar, pasaban al estudio a realizar las tareas que les hubieran dejado ese día en la escuela, si no les habían dejado tarea, realizaban lecturas o alguna actividad de regularización.

En ese momento si les habían pedido material de papelería, que no tuviéramos en la casa, salía a conseguirlo.

Concluyendo sus tareas, siendo las 6pm, rezábamos todas juntas el rosario y era algo hermoso porque en cada misterio hacían actividades diferentes: inventaban porras, cantaban canciones, hacían juegos organizados; todo por iniciativa de ellas.


Al caer la noche, después de cenar, intentábamos hacer que el silencio reinara en la casa para que las niñas subieran a lavar su uniforme de casa, que habían usado ese día, y bajaran al dormitorio a descansar. Había que quedarse un rato cuidándolas para cerciorarse que de verdad ya durmieran, porque eran pequeñas, y a veces tenían ganas de seguir jugando.

Cuando a mí me tocaba cuidarlas me quedaba fuera del dormitorio y si escuchaba ruido o voces entraba a ver quién era y le invitaba a guardar silencio, pero, si persistía en esa actitud la llevaba a la lavandería a hacer algún oficio extra.
También había ocasiones que la tristeza les llegaba en la noche, así que las sacaba del dormitorio y platicaba con ellas, dejaba que se desahogaran, les daba una palabra de aliento y cuando ya las veía contentas y tranquilas las mandaba de regreso a su cama dándoles su bendición.
Después de un tiempo como las demás veían que les daba la bendición ya no me era posible salir del dormitorio sin haberles dado su bendición a cada una.

                            

Cada día era más agotador que el anterior, pero fue una experiencia de servicio que hasta hoy en día en pleno 2017 me sigue motivando y llenando de esperanza.

 Salma Castro

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